
Muchos compartimos la percepción de que el gobierno tardó horas en reaccionar y en informar a la población sobre la situación que se avecinaba. En un momento crítico, cuando la gente se encontraba indefensa en las calles, el gobierno parecía haberse desvanecido. Con la suspensión del servicio de transporte, las personas recorrían las calles con miedo, rodeadas de vehículos y tiendas incendiadas, sin saber lo que realmente estaba ocurriendo. Solo las redes sociales proporcionaban información, mostrando videos en los que los delincuentes presumían del caos que generaban, disparando al aire y gritando en apoyo a su líder, lo que solo aumentaba el pánico.
Aquellos que tuvimos la fortuna de llegar a casa sin complicaciones éramos una minoría. La mayoría quedó varada en plazas, tiendas, lugares de trabajo, gimnasios, iglesias y restaurantes, lejos de sus hogares y sin noticias de sus familiares. Fueron horas de angustia, hasta que finalmente comenzaron a filtrarse las noticias. La delincuencia había desquiciado al país, y varios estados sufrieron lo que nosotros vivimos.
En ese momento, nos dimos cuenta de que la policía, el ejército, la Marina, la Guardia Nacional y la policía estatal no estaban patrullando las calles; permanecían en sus cuarteles. Resulta irónico que tuviéramos que agradecer a los líderes del crimen organizado que respetaran a la población civil.
Al caer la noche, las cosas parecían calmarse, pero continuaban las quemas de tiendas, y aquellas que no ardían eran saqueadas, no solo por delincuentes, sino por ciudadanos desesperados que, víctimas del caos, se convirtieron en infractores. Para muchas familias, la noche fue larga; cualquier sonido era confundido con disparos, y cualquier vehículo que pasaba se convertía en una amenaza. Nos robaron la tranquilidad.
Al día siguiente, la luz del sol no disipó el miedo. La «alerta roja» emitida por el gobierno del estado era un intento de recuperar la paz, mientras el mensaje de la presidenta aseguraba que todo había vuelto a la normalidad. Es fácil hablar de calma desde la seguridad del Palacio.
El temor de salir a comprar alimentos, visitar a un familiar o intentar regresar a la rutina con el miedo reflejado en nuestros rostros no se disipa con palabras. Nos han robado la paz.
Sin embargo, estamos listos para reconstruir, sin rencores, a pesar de que nos dejaron solos.